Pija, chico, hoy, después de tomarme un tinto y mascando chimó tolentino, me regresé unos años atrás, digamos por ahí a 1967 o 68, más o menos, o de pronto más atrás, porque recuerdo como ahorita el paso del planchón por ahí cerca de la gasolinera de don Adán Rivera y doña Marcela.
Recuerdo el Willy verde del señor Chamorra, de Guasdualito; la placita de tamarindos y acacios que había por esos lados de la aduana. Les pintaban la pata con blanco y rojo, puro carburo y cal. Recorrí la entrada para donde Tiluco, el puente del cañito que caía de la madre vieja al río por detrás del obelisco de la libertad. Ahí fue a más de uno el borracho que lo machucó el Silbón y lo asombró la Sayona; ahí salían esos aparatos. Pija, chico, se me erizó el pellejo.
De ahí para el centro, las maporas, trajín constante de don Tomás cargando agua en su carro de mula con ruedas valencianas (aros de hierro, manzana y radios de madera); los casos de don Forero, que caminaba agachado con sombrero de ala corta y un portafolios debajo del brazo y, cuando menos pensaba, ¡tan!, se estrellaba contra alguna de las maporas de la avenida.
Esos negocios, manito, y esas rocolas que les pujaba el parlante: El Gallo de Oro de Tres Pelos, el de Luis Mojica, El Gato Negro, Pedro Fritanga, El Llanero, ja, ja, ja. “¿Cuánto carga usted?” “50 centavos”. “Venga pa’ acá, que eso es plata, y usted espérese ahí, que para usted también hay”. ¡Uy, Dios mío!
Bodega La Cigarra, la discoteca Arauca de mi padrino Martín Gaona; por La Cigarra salía uno derechito al puerto de la mapora, así se llamaba. El Zamuro era la vuelta del río. Siguiendo ya para entrar al banco, estaban los samanes de Rosa Moya y el almacén Cúcuta. Ah, pero me falta el faro y la droguería de Bernardo Barrientos.
Sobre el caño Córdoba, la caseta de madera, anclada sobre estacones de madera y pura tabla; el caño era muy hondo y se bañaba uno de lo lindo ahí. La droguería Henri y la bodega El Dorado; El Libertador de Humberto Monroy, El Bolívar de Noel Anzola; la surtidora de doña Toña y don Evaristo Arenas; la Botica Alemana de don Alfonso Santoyo; el Récord de don Richard Caropres; Marcos Espósito; la catedral con el busto del padre Avellaneda; el colegio San Emilio; el restaurante Maizalito y el teatro Santander por el otro lado del parque; la alcaldía y el colegio General Santander, el más antiguo de Arauca, fundado en 1936.
La droguería veterinaria El Maute, en la casa de los Latorre, y la dentistería de Francuele, chico (¡ay, ese pollooote como pa Francuele!); el carrito de las revistas, con letras de colores decía: caseta “Bim, Ban, Bun”. Chico, cuando eso a uno sí le gustaba la lectura de historietas, pero se leía: Arandú, Kalimán, Santo y las de vaqueros Marcial La Fuente y Estefanía.
Chico, yo vivía en Barrancón y los sábados y domingos me venía a las tres de la tarde para el parque a cambiar revistas o a alquilarlas para leer. 20 y 40 centavos nos cobraban por el alquiler.
Por ahí a las 8 de la noche, después de la hora de las culebras: “¡corra, hermano, la bendición!”, y un padre nuestro en la Virgen de Peranquibe, ahí adelantico de Toroloco, y hágale, mano, porque la Sayona, el Chivato, la Bolefuego o el espanto de la mata de los grapes a veces se dejaban oír y ver, y no son cuentos.
Mire, por la faldiquera, en los samanes de Rosa Moya, en el puente de Tiluco, en el tanque elevado ahí en San Andresito, por detrás de la iglesia y por todas las carreras 19 y 20, uno tenía que ser de la hiel colgando para andar tarde en la noche.
Y si una persona de mi época no cree esto, pues que me lo desmienta; pues si no miró o escuchó esos aparatos, sí por lo menos escuchó los comentarios de quienes sí lo vivieron.
Y yo me pregunto: ¿será por eso que las llaneras y los llaneros de esa época tenemos otro coraje, mucho más respeto a lo natural y lo sobrenatural?
Hay muchas y muchos que me dicen: eso es puro cuento, puro mito; pero cuando los he invitado para el llano adentro y presumen que los voy a pasear de noche, se les presentan problemas, hasta el perro se les enferma y tienen que llevarlo al veterinario.
Ahí, como decía mi santa madre: “la mucha tapar tumba el palo”.
Consultado y redactado por el profesor, filósofo e historiador, músico, cantante, compositor y coplero contrapunteador llanero Oscar Quintero Sánchez “OSQUIN”.








