El anuncio sobre el retiro de la propuesta de Asamblea Nacional Constituyente no equivale, por ahora, a una renuncia de fondo del petrismo a esa idea. El propio presidente Gustavo Petro dejó abierta una lectura distinta: la iniciativa se suspende en el momento electoral, pero conserva su justificación política dentro del discurso del Gobierno y de su sector.
En un mensaje publicado en su cuenta de X, Petro afirmó que la propuesta de constituyente surgió para profundizar reformas como la laboral, pensional, de servicios públicos, minería y educación. También sostuvo que buscaba responder al bloqueo que, según él, impidió la consulta popular y frenó las reformas sociales en el Congreso.
Ese punto es importante. Petro no presenta la constituyente como un error, ni como una propuesta inconveniente, ni como una iniciativa que deba descartarse por razones institucionales. La defiende en su origen y en sus objetivos. Lo que cambia es la oportunidad política.
El presidente sostiene que la decisión electoral reflejada en los últimos comicios mostró una profunda división ciudadana y que eso no permite que el “constituyente” se convoque a sí mismo. En otras palabras, el retiro no aparece como una renuncia doctrinal, sino como una pausa determinada por la falta de una mayoría política clara.
La diferencia no es menor. Renunciar a una propuesta implica abandonarla. Aplazarla o retirarla en medio de una campaña implica reconocer que, en ese momento, puede tener un costo electoral. En este caso, el petrismo llega a la segunda vuelta con la necesidad de ampliar apoyos hacia sectores de centro, donde la idea de una constituyente genera resistencia.
El antecedente tampoco ayuda a despejar las dudas. Petro ya había prometido en campaña que no convocaría una Asamblea Nacional Constituyente. En 2018, incluso, firmó sobre una placa de mármol un compromiso en ese sentido, en un acto promovido por sectores que buscaban garantías frente a esa posibilidad. Años después, ya en el poder, volvió a impulsar la idea bajo el argumento de destrabar sus reformas. Por eso, el retiro anunciado ahora puede ser leído por sus críticos como un compromiso débil: si una promesa hecha en campaña y firmada de manera simbólica no impidió que la propuesta regresara, nada garantiza que este nuevo retiro cierre definitivamente la puerta.
Por eso, la decisión puede leerse como un intento de despejar dudas durante la campaña de Iván Cepeda. El candidato ha insistido en un acuerdo nacional y en que una constituyente no sería prioridad al inicio de su eventual gobierno. Sin embargo, esa fórmula tampoco cierra completamente la discusión hacia el futuro.
La pregunta de fondo es si el retiro responde a una convicción institucional o a una necesidad electoral. La respuesta no está en una frase aislada, sino en la secuencia de los hechos: Petro impulsó la idea, el comité promotor avanzó en su defensa, la propuesta generó rechazo en sectores moderados y, al entrar la segunda vuelta, el tema se convirtió en un obstáculo para buscar nuevos apoyos.
Desde esa lectura, el anuncio funciona como un mensaje de tranquilidad para electores que temen un cambio constitucional, pero no elimina la posibilidad de que la propuesta regrese si el petrismo recupera fuerza política, gana el Ejecutivo o considera que sus reformas vuelven a quedar bloqueadas.
Incluso podría ocurrir lo contrario: si ese sector pierde la elección, la constituyente podría reaparecer como bandera de movilización política. Petro ha planteado que la suerte de las reformas sociales dependerá de que el pueblo defina una mayoría. Esa frase mantiene vivo el argumento de fondo: si no hay camino por las instituciones actuales, el petrismo puede volver a presentar la constituyente como salida política.
La inferencia, entonces, es razonable: el retiro de la constituyente parece más una decisión táctica que una renuncia definitiva. No hay, hasta ahora, un abandono explícito de sus fundamentos. Hay una reubicación del tema en el tablero electoral.
Para una parte del país, el anuncio puede servir como señal de moderación. Para otra, seguirá siendo un paño de agua tibia. El antecedente de Petro firmando que no convocaría una constituyente y luego promoviendo esa misma posibilidad desde el poder deja una duda difícil de borrar: el problema no está solo en retirar la propuesta, sino en cuánto vale políticamente ese retiro.
En campaña, los retiros también comunican. Y este comunica algo preciso: la constituyente pesaba electoralmente. Lo que todavía no está claro es si salió de la agenda o simplemente salió del primer plano.






