Cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, descendió del Air Force One en el aeropuerto de la capital china este miércoles, trescientos niños vestidos de azul y blanco agitaban banderas de los dos países. No era algo casual. Era la puesta en escena de algo que pocos habrían imaginado hace apenas un año: el mandatario que le declaró la guerra comercial a China, que impuso aranceles sin precedentes y que acusó a Beijing de minar el orden mundial, regresaba a Pekín recibido con honores de estado. La primera visita de un presidente estadounidense a China en casi una década comenzaba con un mensaje claro: aquí nadie viene a pedir perdón, pero tampoco nadie viene a pelear.
Lo que sucedió en las horas siguientes, en el Gran Salón del Pueblo, frente al Templo del Cielo y durante el banquete de gala de la noche, marcará un antes y un después en las relaciones entre las dos economías más grandes del planeta.
El momento que nadie esperaba: Xi abraza el MAGA
El punto más sorprendente de la jornada no vino de Trump, sino de Xi Jinping. En su discurso de apertura del banquete de Estado, el líder del Partido Comunista Chino hizo algo que habría parecido impensable en cualquier otra era diplomática: invocó el espíritu del movimiento “Make America Great Again” y lo declaró compatible con el proyecto chino de “gran rejuvenecimiento” nacional.
Xi trazó paralelismos con el plan chino para los próximos quince años y la conmemoración de los 250 años de la independencia de Estados Unidos, señalando el espíritu de “patriotismo, innovación y de pioneros” que ambos proyectos comparten.
La frase central del discurso de Xi quedará en los libros: “Los pueblos de China y de Estados Unidos son dos grandes pueblos. Lograr el gran rejuvenecimiento de la nación china y hacer a América grande de nuevo pueden ir de la mano.”
Y remató con una declaración de principios que sintetiza el tono de toda la cumbre: “Debemos hacer que funcione y nunca arruinarla.”
Que el líder comunista más poderoso del mundo pronunciara el eslogan que define la era Trump no fue un accidente retórico. Fue una jugada deliberada de un estadista que entiende perfectamente cómo hablarle a su interlocutor.
La caravana de los titanes
Trump llegó a Beijing con algo más que credenciales diplomáticas: trajo a los directores ejecutivos de algunas de las empresas más poderosas del mundo. A bordo del Air Force One viajaron Jensen Huang, presidente y CEO de Nvidia; Elon Musk, CEO de Tesla y SpaceX; Tim Cook, CEO de Apple; Larry Fink, presidente de BlackRock; Stephen Schwarzman, cofundador de Blackstone; Kelly Ortberg de Boeing; David Solomon de Goldman Sachs; Jane Fraser de Citigroup; Larry Culp de GE Aerospace; Sanjay Mehrotra de Micron Technology; y Cristiano Amon de Qualcomm, entre otros.
Esta delegación empresarial no se quedó en los pasillos: los CEO de Apple, Nvidia y Tesla acompañaron a Trump desde el inicio en la ceremonia de bienvenida con honores militares en las escalinatas del Gran Palacio del Pueblo, algo poco habitual en este tipo de encuentros.
El propio Trump explicó ante Xi el significado del gesto: había llevado a Beijing a los máximos responsables de esas empresas como muestra de “respeto” hacia China y su líder. El mensaje implícito era contundente: Estados Unidos no viene a negociar con funcionarios de segundo nivel. Viene con los jefes.
Tras la reunión bilateral, Musk la calificó de “maravillosa” y aseguró que incluyó “muchas cosas buenas”. Jensen Huang, por su parte, declaró: “El señor Xi y el presidente Trump estuvieron increíbles.”
El primer ministro chino, Li Qiang, recibió por separado a los líderes empresariales y los animó a profundizar su presencia en China y a servir de puente entre las dos mayores economías del mundo, expresando su esperanza de que “fortalezcan aún más los lazos de cooperación mutuamente beneficiosa.” Xi, por su lado, fue directo con los ejecutivos: “China’s door to opening up will only open wider”, las puertas de China se abrirán cada vez más.
“Socios, no rivales”
Más allá de la diplomacia de los brindis, el núcleo político de la cumbre quedó definido desde el arranque. Xi defendió que ambas potencias deben ser “socios y no rivales”, mientras Trump elogió a su anfitrión como “un gran líder” y aseguró que ambos mantienen una relación “fantástica”.
Los dos líderes acordaron una “relación estratégica estable y constructiva” como nueva orientación para los lazos bilaterales durante los próximos tres años. Es la primera vez desde hace años que ambas partes se sientan a definir un horizonte de largo plazo, en lugar de apagar incendios arancelarios.
China llega a esta cumbre con más confianza que en 2017, cuando temía incluso un pequeño aumento de los aranceles estadounidenses. En el último año, Xi logró neutralizar buena parte de las acciones de Trump, siendo el primer país en responder a los aranceles del “Día de la Liberación” en abril de 2025 y usando su dominio sobre las tierras raras como palanca estratégica.
Irán, el Estrecho de Ormuz y una concesión clave
La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán sobrevolaba cada conversación en Beijing. El cierre casi total del Estrecho de Ormuz, arteria vital del petróleo mundial, convirtió este punto en el más urgente de la agenda.
Trump y Xi coincidieron en que Irán no puede tener “nunca” armas nucleares y en la necesidad de reabrir el Estrecho de Ormuz al tráfico de hidrocarburos sin que se cobre peaje por su uso.
Xi “expresó su interés” en adquirir más crudo estadounidense para reducir la dependencia de China al petróleo proveniente del Golfo Pérsico. Es un movimiento que le sirve a ambas partes: a China para diversificar su abastecimiento, a Washington para aumentar sus exportaciones de energía.
Trump declaró a Fox News que Xi se ofreció a mediar: “Al presidente Xi le gustaría que se llegara a un acuerdo. Le gustaría, de verdad le gustaría. Y se ofreció. Dijo: ‘Si puedo ser de alguna ayuda, me gustaría serlo.'”
En cuanto al apoyo militar de China a Irán, la posición de Beijing fue más matizada. El secretario de Estado Marco Rubio declaró que Washington espera persuadir a China para que adopte “un papel más activo para lograr que Irán deje de hacer lo que está haciendo en el Golfo Pérsico.”
El hombre que entró a China con otro nombre
Una de las subtramas más llamativas de esta visita la protagonizó el propio Marco Rubio. El secretario de Estado llegó a Beijing cargando un detalle que habría sido impensable hace un año: Rubio lleva dos sanciones de China desde 2020, impuestas cuando era senador por Florida y defendía activamente los derechos de la minoría uigur y la autonomía de Hong Kong.
La solución que encontró Beijing para no tener que levantar formalmente las sanciones fue insólita en los anales de la diplomacia: el gobierno chino simplemente cambió la transliteración de su apellido en los documentos oficiales, convirtiéndolo en “Marco Lu”. El cambio del carácter chino funcionó como un resquicio lingüístico que permitió recibirlo sin que técnicamente las sanciones, impuestas bajo la grafía anterior, quedaran derogadas.
Rubio se convirtió así en el primer secretario de Estado estadounidense sancionado por China en pisar Beijing en ejercicio del cargo. También estuvieron presentes en el banquete el secretario de Defensa Pete Hegseth y el subjefe de gabinete Stephen Miller.
Taiwán, la línea que no se cruza
En medio de tanto tono cordial, Xi Jinping dejó un mensaje que nadie en la sala pudo ignorar. El presidente chino advirtió que si el asunto de Taiwán no se maneja “correctamente”, las dos naciones arriesgan “choques e incluso conflictos”, y que ello pondría “toda la relación en grave peligro”.
Xi reservó su lenguaje más firme para Taiwán, llamándolo “la cuestión más importante en las relaciones China-EE.UU.”, con unas palabras que no dejan margen: “Manéjenlo bien, la relación se sostiene; manéjenlo mal, los dos países arriesgan colisión o conflicto.”
Rubio, por su parte, declaró que la política de Washington respecto a Taiwán “no ha cambiado” y que cualquier alteración forzada del statu quo “sería perjudicial para ambos países.”
Lo que viene
Como cierre de la jornada, Trump invitó formalmente a Xi Jinping y a su esposa Peng Liyuan a visitar la Casa Blanca. La fecha fijada: el 24 de septiembre de 2026. Trump también brindó en el banquete por la “prosperidad de China y los Estados Unidos” y por un futuro “brillante” para la relación entre ambos pueblos.
Esta cumbre no resuelve ninguna de las tensiones estructurales entre las dos potencias —Taiwán seguirá siendo el volcán que nunca duerme, y la guerra comercial dejó cicatrices que no se borran con un banquete de pato laqueado. Pero algo cambió en Beijing este 14 de mayo de 2026. Dos países que se miraban como adversarios irreconciliables se sentaron a negociar un horizonte común. No como amigos ingenuos, sino como rivales que entienden que destruirse mutuamente tampoco está en el menú.









